Eduardo Grossman | Fotografias
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“Por Marcos Zimmermann”

Durante años, Eduardo Grossman sumó a su actividad de periodista gráfico el trabajo de editor de uno de los diarios más importantes del país. Pero, además, fue uno de los protagonistas del naciente movimiento de fotografía de arte de los años 80 y, en los últimos años, planteó importantes discusiones sobre el lenguaje fotográfico a través de su propia obra y de la publicación de diversos textos.
La tarea de seleccionar, ordenar y asistirlo en el montaje de esta muestra retrospectiva a la que me convocó, no solo me llenó de gusto sino que la palabra “curador” (en el Derecho Romano: quien cuidaba a los enfermos mentales) me obligó a buscar otro nombre para mi labor. No me fue difícil intentarlo. El título me remitió siempre a fiebre, a oscuros chamanes de monte, a maracas llenas de flecos batiéndose frenéticamente al ritmo de cánticos desafinados y a bocas que escupen sangre de cabras sobre cuerpos enfermos para luego chuparles el ombligo y esputar el mal, convertido en maltrecho carozo, a la selva.
De estos gestos, satánicos, ingenuos o interesados, el trabajo de Eduardo Grossman no tiene nada. La naturalidad con que puede retratar a un político o a un artista y escrutarle el alma, para luego realizar una fotografía propia de un periodista gráfico, hacer carambola con otra de estructura brutalista y hablar del mundo con un primer plano abstracto de los rastros dejados en el asfalto, me recuerda a la ductilidad renacentista. A quienes no se han apoltronado en un solo estilo y, en cambio, han buscado recrear escenarios y miradas diferentes a cada paso, con perseverancia libertariacasi maniática.
Eduardo Grossman es ese tipo de artista. Por eso, tratando de ordenar esta fogosidad, están presentes en esta sala tres grandes grupos de obras. En el espacio central, las fotografías blanco y negro de estilo periodístico se entrelazan con tomas callejeras personalísimas, un trabajo sobre Miramar, tres tomas memorables de La Boca, varios retratos que lindan con lo conceptual y algunos paisajes panorámicos de carácter bucólico. A un costado, su conocida serie de retratos llena una sala especial. Al otro lado de la sala, hace su aparición el color en sus últimas series, que quiebran no solo con la monocromía que la obra de Grossman mantuvo por años, sino también con cierta manera de mirar el mundo.
Lo curioso es que, al mirar las fechas en que fueron hechas las fotografías de cada una de sus series, uno descubre que han sido tomadas a lo largo de más de cuarenta años. Y uno se pregunta cómo ha hecho Grossman para llevar esas distintas maneras de mirar, conjuntamente, a través del tiempo. Cómo ha ido hilvanando diferentes series, manteniendo en cada una su mirada. Allí uno descubre que Eduardo Grossman no es uno, sino varios. Los mismos que él suele relatar cuando explica que fotografía con enorme placer y sin un plan. Los que lo han convertido en uno de los fotógrafos más libres y humanistas de nuestra generación. El más espontáneo. El más instintivo.
Por todo esto, yo no podría ser nunca el curador de esta extraordinaria exposición de Eduardo Grossman. Aquí no hay nada que sanar. Lo pueden ver con sus propios ojos. Solo soy un colega, honrado por su convocatoria, que le ha prestado su mejor mirada para ordenar un universo visual riquísimo, que necesitaba salir a la luz.

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