Eduardo Grossman | Fotografias
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“Marcelo Moreno - Revista Ñ”

Las fotos de Eduardo Grossman inspiradas en textos de los dos escritores hablan de dos obras literarias separadas por un abismo y de dos ciudades diferentes llamadas, ambas, Buenos Aires.

Lewis Caroll y, más cerca, Man Ray son dos nombres que refieren una relación con frecuencia íntima: la de la fo- tografía con la literatura. Y que prolonga otra, ancestral: la de la imagen y la palabra. Las fotos de Eduardo Grossman interrogan esa relación con ideas y con maestría.

Que la Biblioteca Nacional sea el marco de esta exposición foto- gráfica inspirada en textos de Borges y Arlt no responde segu- ramente a una fatalidad sino a un juego que le hubiera gustado al mayor de nuestros escritores.

En realidad son dos exposicio- nes y bien diferenciadas: por un lado, fotos en color accionadas por textos borgeanos y tomadas en lugares que mencionan esos escritos. Por el otro, tomas en blanco y negro, en el fondo de una Buenos Aires arltiana que se va difuminando, con personajes encarnados por actores. Tan lla- mativamente distintas resultan las imágenes que parecen hablar de los abismos que separan las dos obras literarias.

La idea que preside la serie bor- geana es la de un espejo colocado en un sitio que refiere algún tex- to: Adrogué, la Recoleta, San Tel- mo, Colonia del Sacramento, el antiguo edificio de la Biblioteca

Espejos velados, toma directa en la antigua Biblioteca Nacional, 60 x 60, copia digital, inspirada en el texto de Borges “Los espejos velados”. A la derecha, “Simios tristes”, sobre un texto de “Los lanzallamas”, de Roberto Arlt.

Nacional de la calle México, entre otros. El espejo dentro de la esce- na refleja una realidad que es otra y, misteriosamente, también la misma. El efecto es de belleza e inquietud.

Esa transgresión al orden de las cosas hace vacilar –como postula la literatura fantástica, practicada como nadie por Borges– el mun- do tal como lo concebimos, como lo tratamos día a día. Y esas imágenes que Grossman cons- truye son impecables y por eso, implacables: los espejos delatan otros universos paralelos arroja- dos, como al azar, sobre el paisa- je. Hay fotos, como la de un patio soleado en Adrogué o una anti- gua construcción de Colonia, en que parece hasta oírse el rasgui- do del contrapunto entre las dos versiones de lo real.

Desolación arltiana

Más melancólicas, sin irrupcio- nes ni rupturas, más tradiciona- les, las fotografías sobre los tex- tos de Arlt en blanco y negro muestran los personajes desola- dos y desesperados que transitan la obra. Algunas, como las de dos cuerpos en una cama, envueltos por tenues sábanas, parecen alu- dir a las sórdidas tramas que ani- dan en Los siete locos o Los lan- zallamas. Otras, como el retrato de unos parroquianos en un bar

del suburbio bonaerense, ilus- tran directamente una escena de Artl.

Cuando quien escribe fue a ver la muestra, la Biblioteca Nacional estaba casi paralizada y semivacía por una huelga. Debió atravesar solitarios pasillos y –no había as- censores– largas escaleras desier- tas, todo decorado por carteles con los reclamos de UPCN y ATE. No había nadie en la sala; apenas algún rumor vagamente humano que llegaba de algún otro ámbito. Ojalá al lector le to- que ese escenario tan fantas- magórico, que parecía integrado a la muestra, con sus dudas y ca- vilaciones.

Afuera, bajo el sol helado del mediodía del martes, una adoles- cente, con una mochila azul y go- rro rojo, sacaba fotos. A veces aparecía reflejada en los ventana- les espejados de la Biblioteca. Y se estaba tentado a pensar que quizá era Alicia o alguna otra niña de Caroll.

FICHA

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